viernes, 23 de agosto de 2013

EL LUTO

Hasta nuestra visita al "Museo del Traje" nunca me había planteado de dónde venía el luto o por qué vestimos de luto cuando alguién allegado a nosotros fallece.
La asociación del color negro con el duelo por la pérdida de familiares cercanos es fruto de la época romántica en la cultura latina, católica y protestante, a partir de las primeras décadas del siglo XIX.
Durante el Romanticismo (1833-1868) artistas y poetas exaltaron el sentimiento, el duelo y la muerte con el amor trágico, fue entonces cuando se generalizaron las manifestaciones externas del duelo, que se mantuvieron casi intactas hasta muy avanzado el siglo XX. Era un tema de máxima actualidad.
En 1861 se producen en Inglaterra dos hechos determinantes que posicionan el luto en la vida social cotidiana. Uno fue la muerte de la reina madre, a la que siguió, muy pocos meses después, la del príncipe Alberto, del que ya os hemos hablado, esposo amantísimo de la reina Victoria; que supuestamente se hizo un agujero en la solapa de su chaqueta para colocarse la flor que ella le habia regalado.
Como consecuencia de estas dos defunciones, la corte inglesa se sumió en un riguroso luto, situación que en el caso específico de la soberana se iba a prolongar durante décadas, hasta su muerte cuarenta años después. Así pues, siguiendo las pautas establecidas por la doliente Victoria, durante la segunda mitad del siglo XX se estableció en toda Europa la costumbre de adoptar una imagen externa específica cuando moría un miembro de la familia. Sin embargo, en España la tradición del luto negro la hicieron oficial los Reyes Católicos por motivos económicos.


































                                                                           Reina Victoria
                              Pricesas de Inglaterra de luto por la muerte de su padre el príncipe Alberto

A la expansión del luto fuera del ámbito europeo también contribuyó la Guerra Civil Americana o Guerra de Secesión (1861-1865). Ambos acontecimientos convirtieron el luto en algo tan cotidiano y tan extendido como la propia muerte.

El siglo XIX fue uno de los siglos donde todas las costumbres sociales estaban reguladas por una estricta normativa o etiqueta, y dentro de ella el luto adquirió un papel muy importante con bastante rigidez e inmovilidad, de ahí la gran cantidad de manuales de urbanidad que se publicaban en toda Europa. Un ejemplo es esta cita de un manual español fechado en 1885: "¿Qué tiempos han de durar los lutos? La costumbre más general es de un año o dos por los esposos, padres e hijos; seis meses al menos por abuelos y hermanos; tres por tíos o sobrinos, y uno por parientes más distantes. En esos plazos y en los aniversarios, el porte ha de estar en armonía con el vestido, pues choca ver con algaraza y broma, o en toros y diversiones, a los que visten de luto riguroso."











































Vemos que el duelo debe prolongarse más allá del entierro, además hay que cuidar la apariencia externa en el vestir y en el comportamiento. Este comportamiento se presuponía con mayor énfasis en la mujer que en el hombre, de manera que el duelo quedó ligado inexcusablemente a los mienbros femeninos de la familia. En el caso de los hombres, la normativa fue, por diversas razones, aplicada y exigida con mucho menos rigor. Los hombres llebaban botones de luto para el ojal de la solapa y cadenas de color negro para llevar el reloj. Las mujeres vestían al dictado de la moda largos velos de crespón negro y vestidos de bombacina, un tejido mate que mezclaba lana y seda, también los guantes, los sombreros, las sombrillas, los abanicos o los pañuelos de mano debían ser negros.




































La oferta cubría también las necesidades del periodo que seguía al luto más riguroso, el denominado "alivio" o "medio luto", durante el cual se permitía la introducción, en pequeñas dosis de colores como el gris, el blanco o el morado, así como discretos elementos decorativos. En París estaba situado el mayor emporio dedicado a esta especialidad la: "Grand Maison de Noir" (La Gran Casa del Negro), y los ingleses denonimaron a los comercios de la rama "Maison de Deuil" (Casas de Duelo). Las casas especializadas en el negro se publicitaban diariamente en periódicos y revistas.
































El tiempo de luto estaba perfectamente estipulado según el parentesco con el difunto como hemos visto. No sólo abarcaba la indumentaria, sino también a las activiades que se paralizaban y también a la casa, que permanecía con las ventanas cerradas y las cortinas corridas. Los relojes se paraban al momento del fallecimiento. La servidumbre también vestía de luto.















































Las carrozas y los caballos que tiraban de los coches eran adornados con plumas de avestruz negra. Si era un niño las plumas eran blancas y el ataúd también.






















A veces se contrataba a gente para que caminara con el cortejo fúnembre, es una práctica que viene del Imperio Romano, significa que la persona que ha fallecido era un ser grande, llorado y reverenciado por todos. Por otro lado el funeral de una persona pobre tenía que ser en domingo, cuando no se trabajaba y el cadáver permanecía en la casa hasta ese momento.

En la Inglaterra victoriana la muerte formaba parte fundamental de la vida. Era como un evento social inevitable, por eso estaba establecido cómo actuar cuando llegaba el momento. El negro era el color que mejor representaba el luto porque simboliza la ausencia de luz.
La tasa de mortalidad era elevadísima y surge un arte macabro; la fotografía post-morten. Era habitual sobre todo con los niños, para tener un recuerdo. Se enviaban como agradecimiento a los familiares y asistentes al entierro o a los que no habían podido estar presentes. También se conservaban mechones de cabello del difunto y se fabricaban joyas con ellos.























Había cuatro periodos de luto.
El primer periodo o luto riguroso duraba un año y un día. Los trajes de las mujeres eran de dos piezas (un corpiño y una falda). La clase alta iba a la moda con trajes en seda o lana de color negro. La clase media podía elegir entre lana negra, algodón e incluso seda. Y la clase baja se hacía trajes de algodón o teñía los que ya tenía. El rasgo más distintivo era el lergo velo hasta la cintura o las rodillas, el uso del bonete, generalmente de crepé blanco y la ausencia de joyas (si se usaban eran negras, de azabache). Las mujeres sólo dejaban sus casas para ir a la iglesia o visitar a algún familiar directo. Si la mujer no tenía ingresos e hijos pequeños que críar se permitía el matrimonio después de este periodo.
El segundo periodo duraba 6 meses o hasta el fin de sus días (como fue el caso de la reina Victoria). El bonete se podía adornar con flores y cintas, blancas o negras y el velo se acortaba y se podía elevar sobre la cabeza. Además de las joyas de azabache se podían usar joyas hechas del cabello del difunto en broche o brazalete.

















El tercer periodo duraba entre 3 y 6 meses. Los adornos de crepé se reemplazaban por adornos de seda negra, cinta negra y encaje. El velo se acortaba aún más o se dejaba de usar, al igual que el bonete.
Y el cuarto periodo o medio luto duraba seis meses o hasta el fin de los sus días. Los trajes podían ser diseñados a la última moda con colores de medio luto, como gris, violeta, lila, malva y blanco.

Las joyas durante el luto solían ser de azabache, se consideraba el material más apropiado. Su demanda llevó a la búsqueda de imitaciones como el llamado azabache francés, mezcla de vidrio negro con plomo que podía trabajarse a molde. Pero también podían ser de vidrio o ebonita. La ebonita (Goodyear, 1844) es un plástico natural que se presentó en la Exposición Universal de Londres en 1851 y que pronto se utilizó para fabricar joyas más asequibles y concebidas para usarse temporalmente. Es un material negro, duro y quebradizo obtenido a partir de la vulcanización del caucho con azufre, que se trabaja a torno para obetener piezas pequeñas a bajo coste.








































Cuando las mujeres terminaban su luto y querían reintegrarse en la sociedad debían dejar tarjetas a sus amigos y conocidos para avisar que podían recibir y realizar visitas.

El viudo sólo tenía un periodo de luto, entre seis meses y un año. Podía continuar su vida normal y continuar trabajando. Su traje debía ser de género oscuro, sombrero y brazo adornados con cinta de crepé.
El luto de los niños entre 15 y 17 años eran trajes blancos con adornos negros en el verano y gris con adornos negros en invierno. Los menores de 15 años no usaban luto. A las chicas a los 17 años se las consideraba ya mujeres, así que si moría un familiar debía llevar luto riguroso.

Como es normal había muchas supersticiones en torno a la muerte y sus consecuencias; no se debía acudir a un funeral embarazada; los espejos se cubrían porque existía la creencia de que el espíritu del difundo quedaba atrapado en ellos; si el difundo había llevado una buena vida crecerían flores en su tumba, si no sólo maleza; se detenían los relojes en la habitación donde fallecía el difunto para no tener mala suerte; no se usaba nada nuevo en el funeral y menos zapatos; si llovía sobre el cadáver iría al cielo...

Por suerte en 1901 con la muerte de la reina Victoria comienza el periodo Eduardino y el luto va desapareciendo. La moda cambió y las mujeres ya no tenían que seguir la etiqueta del luto tan estricto y rígido.



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